martes, 11 de octubre de 2016

Mi primer veggiversario


Hoy se cumple un año de la mejor decisión que pude haber tomado en la vida: dejar la carne. Fue un regalo de cumpleaños que me hice a mí misma y que cambió todo. Aprendí a cocinar un par de platos decentes, aprendí a ser más consciente del origen de mis alimentos, a cuestionarme ideas sobre la alimentación que tenía arraigadas como dogmas en la cabeza, a apreciar mucho más todo lo que como y la dedicación que lleva prepararlo. Aprendí a ser más considerada con otras especies y verlas como algo más que seres meramente utilitarios para la satisfacción de necesidades humanas.

Simultáneamente, y en relación con esto, vengo navegando una relación más sana y amable con mi cuerpo: tratando de aceptarlo y quererlo como es, de conocerlo, de cuidarlo y protegerlo, de verlo más como el recipiente que me contiene y menos como el defecto que tengo que corregir. Sé que no parece tener nada que ver, pero realmente nada de esto habría sido posible sin la profunda reflexión que comencé a hacer desde el momento en que decidí no volver a tocar la carne, porque empecé a cuestionar millones de cosas que antes aceptaba sin vueltas.

Así que esta fecha deja de ser el agujero negro de ansiedad por el paso del tiempo y vuelve a ser motivo de celebración, por una razón que va mucho más allá de mí. ¡Salud!

domingo, 4 de septiembre de 2016

Anécdotas: Mes 1


El mismo día en que cumplí siete años trabajando para una empresa del rubro financiero, renuncié. Fue mi primer y único trabajo, mi única experiencia en empresas, mi puerta a la realidad adulta una vez que terminé el colegio.

Por cosas de la vida, me surgió una oportunidad de trabajar en la docencia. Hice un reemplazo en un colegio donde enseñaba una amiga en segundo grado (niños de 7-8 años). Esta amiga presentó su renuncia y, como al colegio le gustó mi perfil, me terminaron llamando para ocupar su lugar. Me precisaban urgentemente porque no querían dejar al grupo sin docente. Lo pensé muchísimo, porque era irme por menos dinero (que no es que yo sea codiciosa ni nada, es que realmente no me cerraban los números), y al principio dije que no. Pero, ese mismo día, la idea me comió la cabeza toda la tarde y no pude sacármela de la mente. Finalmente, a la noche, confirmé que aceptaba.

Inevitable es emocionarse por dar un paso tan radical de salir del mundo financiero y dedicarse a enseñar. Por un lado, es maravilloso saber que estoy comenzando finalmente a hacer lo que me gusta. Por otro lado, es inevitable no sentir afecto y apego por el lugar donde trabajé tantos años, todo lo que aprendí, su cultura y su gente. Como fue todo muy repentino, acordé con la empresa que cumpliría mi preaviso por las tardes, de modo a dejar todo listo para que mi reemplazo pudiera asumir mis tareas. Lo único que puedo decir es que fue un mes agotador.

El viernes pasado fue mi último día de preaviso con la empresa. En el mes que pasó, acumulé muchísimas lecciones e historias raras. Es un momento donde no estoy dejando de aprender ni un segundo, y sé que es solo el comienzo de mucho más aprendizaje. Por el momento, por estar todavía frescas, quiero anotar algunas de las historias que pasaron por este cuerpo mío durante el último mes.


Los niños no son tan extraños
Por supuesto, fue mi primera experiencia con criaturas. Decir que estaba aterrada es poco. Tenía un pavor inconmensurable por todo. Miedo de que no me entendieran. Miedo de no entenderlos. Miedo de no poder poner los ojos encima de los 25 al mismo tiempo y que alguno se me escapara. Miedo de que se comportaran mal. Miedo de que alguno de sus padres se quejara de mí por algo. Miedo de que no me gustara el trabajo.

Para mí eran, al principio, seres extraterrestres a quienes no sabía cómo acercarme. Pero estaba exagerando mucho, como siempre exagero con todo. La verdad es que me sorprendieron gratamente. Son brillantes, muy estimulados y con muchas ganas de aprender. Fue cuestión de días para encariñarnos y formar un vínculo.


El ego infantil
Por el nivel de maduración en el que están a su edad, es muy normal que los niños actúen como si fueran el centro del universo. Esto no es con mala intención y no es consciente. Es como venimos programados al nacer: exigimos atención de los adultos y los adultos nos la dan en forma de comida, higiene, afecto y educación, porque la necesitamos para crecer y desarrollarnos.

Sabiendo esto, debo decir que un salón con 25 almas que comparten esta misma característica te puede dejar exhausta. Les cuesta mucho aguardar su turno, entender que no puedo hablar con varias personas al mismo tiempo, y les frustra cuando no les respondo de inmediato. Es un proceso que va a llevar mucho tiempo, pero están empezando a comprender. Lo que me reconforta de esto es que, si se acercan así a mí, es porque me tienen confianza y les hago sentir escuchados. Supongo que con la práctica voy a aprender a regular mejor los momentos sin agotar toda mi energía en el intento.


Soy verdaderamente apasionada
No debería ser novedad, por todas las estupideces que ya hice movida por la pasión, pero supongo que hacía un buen tiempo que no sentía pasión por algo. Si me dejan, puedo hasta ser ridícula. Me sorprendí mucho de verme a mí misma en una situación de tener ganas de hacer cosas “para niños” y que me guste.

Ya hice unas cuantas cosas que, si me hubieran preguntado un par de meses atrás, habría dicho que eran imposibles: ya me vestí de amarillo y canté canciones de hinchada en un evento deportivo, ya escribí un cuento infantil porque los cuentos que encontraba no tenían lo que yo necesitaba mostrar a mis alumnos, ya salté a la cuerda, ya conseguí una brújula porque me pareció que con ver un dibujito no les iba a servir de nada, ya me disfracé para leer cuentos.

Sobre este último punto, declaro que no pienso dejar de hacer eso nunca, tenga la edad que tenga mi público. Todo empezó con un cuento sobre una bruja. Como, por suerte, es un colegio donde me permiten expresar mi personalidad libremente -y mi personalidad incluye un gusto por las brujas- decidí amenizar un poco. Y fue genial. Ahora el sombrero de bruja es un compañero más de la clase y lo usa la persona que está en uso de la palabra cuando tenemos conversaciones grupales.


Favoritismo
Lo siento mucho. Yo sé que todos idealizamos al buen docente como un ser imparcial que trata a todos por igual. Y así es. Así debe ser. Pero ninguno está hecho de piedra. A veces, en un grupo, hay alumnos que te conquistan con su personalidad y su ingenio y que se ganan un lugar especial en tu corazón. Eso no quiere decir que los vayamos a tratar de forma especial, sino que, simplemente, nos llaman la atención.

Y por supuesto que yo voy a hacer un lugar especial en mi corazón para algunos. Pasión, ¿recuerdan? Bueno, desde el primer día me llamaron mucho la atención unos hermanos (una niña y un niño, mellizos, ambos alumnos míos), por todo: su forma tan correcta de hablar, su vocabulario tan amplio para su edad, sus modales, su cultura general, su buen carácter, sus hábitos de higiene y su alimentación saludable. Al principio no los elogié a ellos, sino a sus padres, porque era evidente el buen trabajo que estaban haciendo. Pero, pasados unos días, me fueron mostrando su personalidad y vi que, si bien hay un buen trabajo de los padres, ellos son seres autónomos. Debo decir que, con el tiempo, desarrollé cierto apego por la niña, protagonista de anécdotas como la siguiente:

Actualización: tiene siete años.



La brecha generacional a veces no existe
Una cosa que me parece maravillosa es que justo esto haya sucedido en pleno auge de Pokémon GO. Si bien la mayoría de mis alumnos no juegan, tienen o hermanos mayores o padres que sí. Y, por alguna razón, están todos muy entusiasmados con el asunto. Eso ayudó muchísimo a tener tema de conversación y me hizo estudiar un poco de las más recientes generaciones de Pokémon, de las que ya no sabía nada.

Un día, un alumno me muestra un juguetito de Pikachu y me pregunta si sabía cómo se llamaba. Hice un esfuerzo interestelar para no responderle: “Pikillo, ese nio es de MI época. Hace 15 años mínimo que quiero ser Profesora Pokémon. ¿Vos cuándo empezaste a jugar, ayer? HE? HE? EJÚPY”. Pero me contuve y fue un muy lindo momento de conexión y de intereses en común.

Con esto y con las películas de animación, se confirma que las cosas “infantiles” no nos dejan de gustar nunca y que solo las reprimimos por hipócritas. Este trabajo me da la oportunidad de no tener que reprimir estos gustos jamás y, encima, que me sea útil.


Espiritu pyrague
Esto sí es algo muy feo. Algo que me saca de quicio todos los días y no sé todavía cómo encarar. Los niños tienen un profundo espíritu pyrague. Adoran chismosearme todo lo que los demás estaban haciendo cuando yo no los estaba mirando. “Profe, Fulanito le dijo ‘fea’ a Menganita”, “Profe, Menganita le dijo a Fulanito que se calle”. Noté que ellos creen que, por ser soplones, son mejores alumnos y que yo les voy a agradecer. Y habrá, quizás, adultos que les hacen sentir eso, pero a mí me molesta demasiado.

Sobre esta situación, tengo dos metas:
1. Intentar que sean menos soplones porque creo que genera más resentimientos que soluciones reales a los problemas.
2. Hacer un estudio psicológico y antropológico de si esta actitud se debe a la edad o si es más bien fruto de la crianza en una cultura pyrague.


Mi imagen alterada
Una cosa que no me agrada tanto es la obligatoriedad del maquillaje. Ya saben que pienso que los lugares de trabajo deberían enfocarse más en la capacidad que en la pinta, y que, de hecho, la diversidad de aspectos físicos es muy buena para educarnos a todos en respeto y tolerancia.

Sin embargo, tampoco me molesta tanto como habría pensado que me molestaría. Supongo que es porque son menos horas de trabajo por día y eso me hace menos resentida. Estoy aprendiendo a hacer un cat eye no tan torcido y probando distintos tonos de labiales rosados y anaranjados (porque el rojo es mi color de salida nocturna, y soy un poco pesada con separar ciertos aspectos de mi personalidad que no quiero llevar al trabajo). Después de varios años de andar a cara lavada porque no hay tiempo, ahora me anda pareciendo no tan desagradable maquillarme.

En cuanto a los alumnos, no tienen en general problemas con mi aspecto, hasta que dibujan. Aparentemente, hay un detalle que les molesta: mi pelo corto. En todos los dibujos, siempre me hacen con cabello largo. Puede ser que no tengan práctica de dibujar damas de otra manera, pero también puede ser que me dibujen como ellos quieren verme. Sospecho de lo segundo porque en un par de ocasiones ya me preguntaron si llegué o no a tener alguna vez el pelo largo y por qué me lo corté.


Soy la de la izquierda


Soy la de la derecha



Mi legado es innegable
Sí, me toca enseñar todas las materias básicas del ciclo: Comunicación, Matemática, Guaraní, Vida Social y Medio Natural. Pero como soy una fiel hija de Letras, no puedo conmigo.

¿Que toca hablar de la decena de mil? Cuento. ¿Separación de residuos? Cuento. ¿Planos y mapas? Cuento. ¿Pronunciación de digramas? Cuento, pero en guaraní. Si algo van a hacer mucho conmigo, es leer.

Y ¿saben qué? No tienen ningún problema con eso porque son lo máximo. Les encanta leer, tanto a los que ya lo hacen fluidamente como los que tienen dificultades, porque saben que la manera de mejorar es practicando y porque ven que leer no es simplemente unir letras, sino que es una puerta para enterarse de las cosas. Si puedo hacer que conserven el gusto por la lectura, me doy por satisfecha.

Seguro habrá más anécdotas e impresiones, millones más. No sé si valdrá la pena anotar y compartir cada una de ellas, pero estas, las primeras, me parecen muy importantes y entrañables, así que aquí quedan.

martes, 29 de marzo de 2016

La oscuridad de las divas del pop (II)


Por supuesto que no todo acabó en ese post que buscaba justificar por qué yo, sombría y tenebrosa, tendría motivos para escuchar pop comercial. Los viejos hábitos nunca mueren, y tratar de verle lo deprimente a todo es uno de mis pasatiempos favoritos.

Resumiendo: suelo escuchar pop y suele tener connotaciones tétricas para mí. Y me encanta. En los últimos años, los éxitos que más me hirieron la cabeza por culpa del contexto lamentable que yo les di, fueron los siguientes:

Edward Maya & Vika Jigulina - Stereo Love

Ya sé, no es diva, no importa.

Creo que, a estas alturas, todos ya sabemos que el 2010 fue un año espantoso para mí. Este tema sonaba mucho. Siempre. En todas partes. Recuerdo especialmente que sonaba en la difunta línea 24 a la salida de la facultad, momento en que una siente exactamente cero ganas de vivir; o en la disco, donde por lo menos mil veces en una misma noche lo ponían. ¡Y yo lo detestaba! Lo odiaba, me daba rabia que sonara todo el tiempo y que fuera tan repetitivo. Me daba arcadas.

Ni siquiera sabía cómo se llamaba el tema, lo aprendí hace unas semanas porque, ahora que ya pasaron unos años, sonó en la radio una vez y lo busqué. Ya no lo odio tanto, tal vez sea nostalgia, aunque no sé qué nostalgia puedo sentir de ese tiempo tan miserable. Lo que no me canso de recalcar es que hubo un determinado momento en que esto sonaba SIEMPRE.

En aquel entonces, yo solía caminar bastante seguido de noche, sola y sin plata por el centro. Gran parte de ese año, muchas calles estuvieron cerradas por meses enteros para hacer «mejoras», por lo que yo tenía que caminar a zonas más desoladas para poder agarrar algún colectivo. ¿Hay algo más deprimente que andar de noche, sola, sin plata, por el centro de Asunción? No, no existe tal cosa. Y que esta haya sido la banda sonora de esas caminatas entre las ruinas, solamente me va a traer recuerdos dolorosos.



Usher - DJ Got Us Fallin' In Love

Tampoco es diva, ya sé. Tampoco importa.

En su momento, nunca llegué a escuchar este tema completo, por lo que no supe hasta muchísimo después que era otra víctima más del infame «ft. Pitbull». Solamente retuve el coro, y fue un hit más que pasó al olvido como si nada.

Hasta el 2013, otro año medio denso para mi vida. Me había mudado hacía poco, y contaba hasta los decimales de todo lo que compraba (y compraba solo si no podía evitarlo) porque tenía que apretarme el cinturón.

Para dicho menester, recurría mucho a una compañera de trabajo, que resultó ser también mi vecina. Íbamos y veníamos juntas en su auto todos los días, y fue ahí que aprendí a perder el miedo a los compañeros de trabajo (historia para otra ocasión, quizá).

Resulta que la música de auto de esta amiga era un quilombo. De todo, para todos los gustos. Entre su variada oferta musical, aparecía de vez en cuando esta canción. Fueron los últimos meses de trabajo a medio tiempo para ambas. Ahora, cada vez que suena, inevitablemente me pregunto cuándo fue la última vez que tuve una tarde libre, que dormí una siesta, que no me invadía el cansancio.


Tove Lo - Habits (Stay High)

Creo que tampoco cuenta como diva, pero déjenme decirles que hace décadas que Suecia viene ejecutando a la perfección su plan de dominar el mundo a través del pop.

También me enorgullece mencionar que, este tema no me identifica, ni representa, y que no retrata ningún episodio de mi vida.

Sé que ya estoy grandecita y que tengo que aceptar que toda esa alusión a las drogas y destrucción que hace el pop de hoy día (cosa que hace unas décadas solía hacer el rock, y que ahora quedarían como unos ridículos si lo hicieran) es una mentira que se hace para agradar a las masas fiesteras que consumen drogas estimulantes porque es la única forma de soportar más de un minuto de «punchi punchi» sin morir. Ya entendí.

Pese a todo esto, me fascina la historia de dolor de esta canción, aunque sea una farsa. Justamente, Queen Of The Clouds, el álbum de donde sale este tema, se divide en tres secciones, y la sección en la que está Habits es The Pain. El lamento por un amor que ya terminó, el no poder sacarse eso de la cabeza y que la única manera sea la autodestrucción, para distraer la mente... Es bastante deprimente, la verdad, y me parece una muestra excelente de cómo los hits bailables pueden, en el fondo, tener mucha miseria emocional.

lunes, 25 de enero de 2016

Conocer al Marqués de Sade


Las chicas dicen que «las novelas románticas de la adolescencia son inolvidables». Dicen que colaboran en la construcción del concepto de la pareja ideal, y, no lo dicen, pero asumo, brindan interesantes ideas acerca de cómo sería la sexualidad a una edad en la que la curiosidad sexual empieza a ocasionar todo tipo de preguntas.

Reemplacemos "románticas" por "eróticas". Así como los cuentos de princesas que leen cuando son niñas generan expectativas idealizadas sobre la pareja ideal un rico príncipe—; las novelas adolescentes añaden más pistas sobre el sujeto en cuestión —un rico príncipe, de torso musculoso y abdominales marcados—. 

No sé realmente qué novelas románticas para adolescentes existían o estaban de moda en mi adolescencia. Supe que, terminando yo mi adolescencia, pegó muy fuerte Crepúsculo en las chicas un par de años menores que yo, por ejemplo. Pero en mi caso fue un poquito más intenso. Yo decidí ir al grano: cuando tuve curiosidad sexual, leí al Marqués de Sade. ¿Para qué conformarme con trailers si podía ver la película?

Y no sabía en lo que me estaba metiendo, en especial porque no tenía ninguna guía ni nadie a quien consultar sobre su experiencia con el Marqués antes de leerlo. Era ingenua y muy ignorante de los fundamentos teóricos del autor (pasaron diez años y sigo siendo ambas cosas), pero me tiré de cabeza igual. Y no me arrepiento.

La "novela romántica" que más me ha marcado posiblemente haya sido La filosofía en el tocador. Es la obra que, a mi parecer, resume fielmente la línea que sigue el Marqués de Sade en toda su obra, la más explícita (con Jusitne como fuerte competidora) y la que más abiertamente ataca al pensamiento conservador y clerical que tanto le agobiaba.

Con esta novela reforcé ideas progresistas y antirreligiosas que ya venían rondando mi mente hacía tiempo. Aprendí a fundamentar mejor mis pensamientos "rebeldes" y "chocantes" (a una edad en la que uno se regocija siendo, o pareciendo, lo más rebelde y chocante que pueda). Particularmente me ayudó a ser feliz en mi recientemente descubiertos ateísmo y bisexualidad, y me hizo ver que no le debía a nadie disculpas por ser como era. Ríanse lo que quieran, pero es uno de los pilares de mi autoestima adolescente.

El inconveniente fue que, por ingenua, terminé creyéndole todo. Me tragué muy literalmente todo el cuento de que el placer individual vale el sufrimiento ajeno. Vivía sin miedo de causar daño a nadie y creyendo que, cuando yo sufría, es porque mi inferioridad lo permitió y por eso lo merecía.

Afortunadamente, maduré y abandoné esa forma de pensar rápidamente, y me quedan los recuerdos de reafirmación adolescente que me dejó el haber leído estos textos rebeldes. Si cualquier chica adolescente me preguntara, yo le recomendaría plenamente que lea también al Marqués de Sade. Eso sí, no como yo, sino con alguien que las guíe y que les muestre que no hay que creer todo lo que una lee, y mucho menos durante la adolescencia, cuando es muy fácil creer todo aquello que te diga que el resto del mundo no existe.

martes, 14 de mayo de 2013

The Cure en Paraguay - Mi experiencia

Vorágine de sensaciones

Mucha gente que me conoce me preguntó cómo me sentí, cómo lo viví y, sobre todo, ya que hago reseñas de prácticamente todo, por qué no hice aún una reseña sobre la noche más importante de mi existencia. Me limitaba a responder brevemente o a evadir la cuestión porque, en primer lugar, no se trata de decir simplemente “fue muy bueno” y, en segundo lugar, yo misma tenía que ser capaz de comprender y sintetizar todo lo que pasó por mi mente. Ahora, poco más de un mes después, creo que tengo la suficiente fortaleza como para hacerlo.

Crédito de la imagen: paraguay.com.

Cuando recibí la noticia

Tras haber oído miles de rumores años antes, ya había desarrollado una incredulidad defensiva: ignoraba todo rumor para no ilusionarme y no decepcionarme con una noticia falsa. Pero cuando ya no fue un rumor, cuando fue oficial, tuve que creer, y no fue fácil.

El sueño de mi vida finalmente se iba a cumplir, el evento por el que tantas noches de mi adolescencia había llorado. El concierto que un par de años atrás solo creía posible con un viaje al hemisferio norte de repente estaba a pocos días de darse y en mi propio país.

Tenía que estar alegre, ¿no es así? Y lo estaba, de cierto modo, no puedo decir que no, pero debo aclarar que la reacción a semejante noticia no fue tan sencilla. No me pasé escuchando The Cure todo el tiempo o contando los días que faltaban para el concierto. Todo lo contrario: durante los meses que duró la espera, evitaba hablar de The Cure, no escuché un solo tema (casi perdí las ganas de escuchar música en general, no solo de ellos), no demostraba emoción con respecto al concierto, nada de nada.

Si bien esta extrema frialdad suena bastante incomprensible, creo poder justificarla vagamente, por lo menos para quedar yo misma conforme con esta justificación. No voy a dar muchos detalles, pero, mucho antes de que se anunciara la gira, yo ya había hecho unos planes que suponían una enorme responsabilidad para mí y que justo coincidían más o menos con la fecha del concierto. No quería desatender esta responsabilidad por culpa del recital ni desatender el recital por culpa de esta responsabilidad, por lo cual asumí una postura aparentemente indolente y fría ante ambas situaciones. Fue mi forma de protegerme, no dejarme abatir por las situaciones y tenerlas bajo control. Y así me fue bastante bien, hasta que se acercó la fecha.

El gran día

Un día antes ya era difícil sostener mi aparente fortaleza. De tener ganas de perseguir a la banda pasaba a no tener ganas de salir. No quise intentar ver a Robert desde lejos en la conferencia de prensa, no quise escuchar dicha conferencia, no quise reunirme con mis amigos fans, no quise hablar al respecto, me puse a llorar...

Estuve insoportable, hasta que en cierto momento, tras insistencia de algunas personas, fui cerca del hotel a intentar verlos llegar de su conferencia. No resultó, pero la salida me tranquilizó un poco.

Ya en la fecha del concierto, me preocupaban muchas cosas. Estaba eludiendo a alguien a quien le debía explicaciones, que me llamaba insistentemente y que no tenía la más pálida idea de lo que yo estaba viviendo ese día (ya aprendí que, si vuelve a aproximarse un The Cure live, no me voy a comprometer con nadie para nada). También tenía que encontrarme con una amiga que me conseguiría un lugar con vista privilegiada, quien se retrasó unos minutos, pero quien a mi ansioso parecer se demoró mil años.

La gran noche

Llegó el momento en que entré, me ubiqué y observé. Prácticamente no presté atención a los teloneros, no porque no lo merecieran sino porque mis nervios no me permitían pensar en nada más que la banda principal.

Desde mi posición en el público -buena vista y poco movimiento de gente-, pude cumplir con una tarea peculiar: me encargué de los reportes en vivo para Chain of Flowers, que estaba siguiendo atentamente mi experiencia. Por momentos me sentía un poco mal por estar tuiteando en vez de vivir el momento sin distracciones, pero, como el propio Craig me dijo para tranquilizarme, un gran número de fans de todo el mundo estaban viviendo el concierto conmigo a través de mis tuits, lo cual fue bastante lindo: un sentimiento de comunidad compartido con gente que estaba muy lejos de mí, en especial porque la gente que tenía cerca no parecía entender demasiado lo que estaba pasando.

Y entró nomás The Cure. Era muy curioso el cambio constante de mi persona que se dividía entre vivir el sueño de mi vida y llevar registro de los temas que sonaban para mi reporte: pasaba de un trance a un momento serio cada vez que empezaba una nueva canción. Me sentía importante por que un sitio tan prestigioso confiaba en mí y sentía a la vez que me pasaba algo importante.

Y no era para menos, todos esos temas que había escuchado en versiones de álbum tantas veces, finalmente en vivo. Conocía también, por supuesto, versiones de conciertos muy importantes, como In Orange o Trilogy, pero estas versiones en vivo que estaban sonando frente a mí, en ese momento, las sentí como dedicadas a mí: sin importar cuántas veces las hayan tocado y cuántas otras personas las estaban presenciando esa noche, estas eran unas versiones especiales para mí.

No voy a hablar mucho del setlist, que se puede encontrar en cualquier lado, ni hacer crítica de cómo interpretaron cada canción porque, sinceramente, no me siento apta para ello. Mi intención es nada más constar mi vivencia. Pero, en relación con el dichoso setlist, quiero decir un par de cositas:

La primera: yo venía reportando los temas, pero ya veía que en cualquier momento me iba a quedar sin batería. Así que, antes del concierto, me fijé en los recursos de mi cartera: un bolígrafo. Me arrepentí con toda el alma de haber dejado mi libreta en casa, que no sé por qué razón pensé que podían confiscarme a la entrada del concierto. Me faltaba dónde escribir, así que lo único que se me ocurrió fue preguntar a la gente que me rodeaba si tenían un papel. Finalmente, un muchacho bondadoso me pasó el papel de su caja de cigarrillos y me ayudó a salir del paso. Fui tuiteando hasta donde pude, después guardé un poco de batería para los encores, pero en todo momento llevé registro de los temas así como pude en el papel de la caja de cigarrillos. Todavía conservo ese papel como un recuerdo personal de la noche, aunque estoy pensando en deshacerme de él, porque es una suerte de representación física de mi imprudencia.

La segunda: como había visto los temas que venían tocando en otros conciertos de la gira, notaba que la lista de canciones era bastante estática, bastante parecida en cada concierto, y eso me preocupó un poco. Me ocasionó algo de envidia que en otras ciudades hayan tocado algunos temas más, pero es algo normal en las giras, y no por eso dejo de sentir que este concierto en Asunción fue único, especial, mío.

Además, ¿quién te toca tres horas? A casi cualquier otra banda hay que rogarle una canción más pasados los noventa minutos, pero The Cure tocó tres horas sin obligación, sin que lo mereciéramos. El público en general salió completamente satisfecho (menos los más fanáticos, que siempre queremos más) y asombrado por la extensión del concierto, lo cual tiene que hacernos notar lo siguiente: a esta banda le gusta dar conciertos, disfruta tocando, lo cual nos deja muy claro que todavía tenemos The Cure para largo rato.

Al terminar todo, me fui cerrar la noche con un lomito, porque la situación ameritaba: de los nervios, prácticamente no había comido nada en todo el día y, ya pasada la conmoción, mi estómago volvió a la normalidad y empezó a reclamarme sus derechos.

Si mal no recuerdo, esa noche dormí muy bien.

Personas que estuvieron

Momento algo meloso que me tomo para unas breves menciones a personas que, de alguna manera u otra, me acompañaron en todo esto.

La pandilla cureana: Julio, Marcos, Oscar, Mario, Pablo y Aye. Los muchachos disfrutaron del show desde otro sector y la muchacha no pudo ir por estar fuera del país. Si bien no estuvimos todos juntos, yo pensé en ellos toda la noche e imagino que ellos pensaron en mí también.

Hero y Sakkia: ambos hicieron posible que yo entrara.

Vicky: también estuvo en un sector diferente al mío, pero tuvimos unos lindos momentos de hermandad cuando logramos vernos a lo lejos antes del concierto y cuando conseguimos saludarnos a la salida.

Gus: me esperó afuera hasta el final del concierto. Me llevó a cenar y me dejó en casa sana y salva.

Pablo: fue quien más de cerca vio mis desequilibrios emocionales antes y después del concierto y se los aguantó todos.

Y, por último, todos aquellos que en algún momento se acordaron de mí porque sabían que mi sueño se hacía realidad. Aquí entra mucha gente, desde compañeros de secundaria hasta gente más reciente. Todas estas personas me recordaron porque amo a The Cure. Es muy interesante que te recuerden por algún aspecto excéntrico.

La depresión posconcierto

Después de llegar a la cima, toca descender. Y el descenso en este caso fue algo violento.

Como en la depresión preconcierto, me cuesta mucho escuchar temas de The Cure y me cuesta mucho escuchar música en general, condición de la que me recuperaré con el tiempo, lentamente. De repente recuerdo escenas del concierto y me emociono hasta la aflicción con estos recuerdos. Todavía es muy reciente todo y me va a tomar unos meses más volver a la normalidad.

Los conciertos siguen: varios recitales que normalmente me llamarían la atención y a los cuales tendría ganas de asistir están pasando casi desapercibidos para mí. Aún no recupero las ganas de ver una banda en vivo. Sé que más adelante me voy a arrepentir de no haber visto a tal o cual banda, pero por ahora no puedo forzarme a sentirme bien de un día para el otro, así que esperaré a que este estado de ánimo se me pase solo.

Por varios días sostuve la postura extrema de “ya fui al único concierto que me importaba, ya no necesito ir a ningún otro en lo que me quede de vida”, pero, como el tiempo está pasando y la depresión se disipa de a poquito, me olvidé de esa idea. Si bien todavía no estoy lista para ir a un concierto así como así, estoy muy lista para afirmar lo siguiente: sueño con ver a The Cure de nuevo. Van a seguir tocando y yo quiero verlos muchas veces más.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Lado A y lado B

Cómo me reconcilié con (500) Days of Summer... y conmigo misma

Debo admitir que la primera vez que vi esta película me afectó fuertemente, pues me tocó en un momento en el que me encontraba particularmente vulnerable y tomé rápidamente partido por un punto de vista. Con el tiempo, mi vulnerabilidad se fue reduciendo y, tras ver numerosas veces (500) Days of Summer, la última vez que la vi ya no fue igual a la primera.

Mi recepción, así como la estructura narrativa del filme, fue quebrada en cientos de pedazos que, tras mucho esfuerzo, se unieron y armaron algo comprensible. 




Lado A: Tom Hansen y yo

En pocas palabras, Tom es yo, o yo soy Tom. Yo sé que gran parte de la gente que lo conoce dice identificarse con él, pero yo soy él. Al menos lo soy en la ocasión en la cual lo conozco. No hay ser ficcional que me represente más que él. Mismas aficiones, mismas expectativas de la vida, misma manera de enamorarse y misma frustración cuando el amor muere. Lo de que yo estaba vulnerable viene por ahí: Tom se había enamorado de una persona que creía perfecta, pero que lo dejó abandonado y con el alma destrozada. Yo acababa de pasar por exactamente eso, así que lo defendí impetuosamente por sentirme retratada en lo que le sucedió a él. Interpreté el actuar de Summer como una crueldad innecesaria y le juré odio eterno por haber herido así a quien tan bien la quería. Para mí Tom iba en serio y Summer estaba jugando, cosa que no tenía perdón.


Lado B: comprendiendo a Summer Finn

El tiempo fue pasando y mi dolor también. Como sucede a mucha gente tras una aflicción fuerte, yo había forjado una armadura emocional, para evitar volver a sufrir por lo mismo, protección que terminó poniéndome en contra de todo lo que antes defendía. Es aquí cuando por fin me atrevo a ver las cosas desde Summer. Ella había visto relaciones fallidas en todos lados, lo cual la hizo pensar que todas las relaciones amorosas necesariamente terminan en sufrimiento. Entonces, por miedo a este final inevitable, decidió nunca intentar un comienzo. Fui capaz de ver esto en el momento en que me descubrí actuando de esta manera: privándome de la experiencia con la certeza de que eso eludiría la decepción y la tristeza. Ahí la entendí un poco mejor: Summer no necesariamente era malvada, sino que evitaba sufrir por encima de todo.


La conclusión: todo sirve y Rachel Hansen salvó el día

Esta es la parte más complicada, sobre todo cuando la subjetividad obnubila, pero el punto es que ni hay que tomarse tan a pecho a Tom ni hay que tomarse tan a pecho a Summer. Ambos fueron transformados tras haber interactuado, ambos aprendieron y ambos enseñaron.

Tom aprendió que no por encontrar rasgos de interés en una persona, esa persona será necesariamente la adecuada para un romance, sobre todo cuando la expectativa que se tiene del amor es idealizada y exagerada. Summer aprendió que, si bien algunas relaciones fallan, no quiere decir que no sea posible tener una relación exitosa o que las relaciones de una estén indefectiblemente condenadas al fracaso.

Al concluir la tediosa tarea de deshacerse de todos los puntos de vista subjetivos o, mejor dicho, al terminar de usar un punto de vista para pulir otro, llegamos a la equilibrada y saludable valoración que desde un principio intenta dar el personaje de Rachel -en todo momento más madura y racional que su hermano mayor Tom- y conseguimos ponernos no de un lado o del otro, sino que aprendemos a tomar lo que nos sea útil de cada uno de ellos.

viernes, 12 de octubre de 2012

Lecturas fallidas de la existencia

Literatura existencialista y una inmensa subjetividad
 

En alguna ocasión, yo había concluido que los protagonistas de mis novelas existencialistas favoritas eran un objeto de interés para mí porque por mucho tiempo me sentí identificada con ellos. Al ver sus reacciones pasivas e indolentes ante todo lo que ocurría a su alrededor, sentía que esas serían las mismas respuestas que yo tendría ante situaciones similares.


Tiempo después, volví a reflexionar sobre estos personajes tan fascinantes y descubrí que, en realidad, eran muy diferentes a mí. Lo que yo anhelaba era ser como ellos: vivir con la certeza de que toda mi existencia en unos millones de años no tendría relevancia alguna. Ni la mía ni la de ningún otro ser humano. Quería ser como ellos aunque sabía que jamás podría. Realmente me esforcé por ser así, pero al poco tiempo noté que todo ese esfuerzo no daba resultados. 


Ellos no sufren, y es posible que por eso mismo me atrajera la idea de ser uno de ellos: siempre buscamos eludir el sufrimiento. Pero, importante detalle, lo que en ese momento no supe ver es que tampoco son felices, pues son indiferentes a todo. ¿Cómo es posible, entonces, ser como ellos, cuando se posee una sensibilidad que percibe tanto dichas como penas de manera extrema? Sencillo: no es posible.
 

Con estas conclusiones me quedé, unas conclusiones surgidas de una suerte de ingenuidad literaria, de un análisis inmaduro, fruto de la fuerte tendencia a dejar que las emociones nublen la búsqueda de la visión global de un texto (o, en este caso, varios textos). 


Lo que me atrevo a afirmar, sin intromisión (al menos sin tanta) de mi sangre ferviente, es que mis fascinantes y queridos personajes son, sí, indiferentes, pero lo más probable es que estén dibujados de modo exagerado para que representen no a un ser humano completamente insensible, sino a una humanidad hostil que a diario se aniquila a sí misma sin notarlo o sin que le importe. 


Como es natural, una mejor apreciación de una obra se obtiene tras cada nueva lectura que se le dé, y cada nueva apreciación es capaz de poner en ridículo a la que le precede. Por lo tanto, resulta gracioso recordar todas las ideas que alguna vez pude tener sobre algún aspecto de los textos -en esta ocasión, los protagonistas- y replanteármelas cada tanto, pues así como efectivamente aprendo de modo inagotable acerca de los personajes de mi fascinación, aprendo también de modo inagotable acerca de mí misma.